El primer acueducto construido en la antigua cabecera municipal se alimentaba del agua captada en tres fuentes de abastecimiento; el líquido era conducido en gran parte de su recorrido a través de acequias o canales naturales, arrastrando sólidos y sustancias contaminantes que llegaban directamente a los tanques de almacenamiento. Las fuentes estaban ubicadas en las veredas Morro, Guamito y El Salto; la primera abastecía un tanque de almacenamiento localizado en la parte baja de la escuela La Alianza; la segunda suministraba el agua a un tanque ubicado en el sitio denominado el Zacatín, arriba del matadero municipal, y la fuente El salto alimentaba un tercer tanque localizado en el alto del pueblo, arriba de la llamada falda de Marcos Gil.

El agua era llevada hasta las viviendas por una red de distribución en mal estado y conformada en su mayoría por tuberías de eternit y unos cuantos tramos en tubería de barro y galvanizada. El servicio no era continuo, las familias tenían que instalar tanques de almacenamiento dentro de sus viviendas para poder tener agua disponible permanentemente. También aprovechaban el agua lluvia o cargaban agua de un nacimiento conocido como la peña, ubicado dentro del mismo casco urbano en el sector llamado Barrio Nuevo.
Como no existía Planta de Tratamiento de Agua potable la calidad del agua era pésima, tenía un mal aspecto por la continua presencia de lodos y sólidos suspendidos, y además sus pobres condiciones físico – químicas y bacteriológicas ocasionaban un alto porcentaje de enfermedades de origen hídrico. El sistema de acueducto carecía de medidores, lo que hacía imposible determinar los consumos y por ello el cobro del servicio se realizaba de acuerdo al número de canillas existentes en la vivienda (cobro por canilla). Esto trajo como consecuencia un derroche desmesurado del agua, porque a muchos usuarios no les importaba que las canillas permanecieran abiertas durante las 24 horas del día y hacían caso omiso a los daños existentes en sanitarios y llaves.

El elevado nivel de fugas en redes y al interior de las viviendas, hacía que la demanda de agua fuera cada vez mayor que la oferta, haciendo insuficientes las fuentes existentes y generando largos periodos de racionamiento.